El elefante y la cuerda.

(Versión de un cuento popular anónimo).

Cuentan que, hace mucho tiempo, un viajero llegó a un pueblo donde los elefantes eran parte esencial de la vida. Los usaban para trabajar, para las ceremonias y, sobre todo, como símbolo de fuerza y sabiduría.

Una tarde, mientras caminaba por el recinto donde los elefantes descansaban, el viajero se sorprendió al ver que los animales, enormes y poderosos, estaban atados solo por una delgada cuerda a una pequeña estaca clavada en la tierra. No había cadenas gruesas ni vallas altas, solo una cuerda que cualquier elefante podría romper con un simple movimiento.

Intrigado, el viajero se acercó a uno de los cuidadores y le preguntó:

—Perdona, ¿por qué estos elefantes no se escapan si la cuerda apenas los sujeta?

El cuidador sonrió con calma, como quien ha escuchado la misma pregunta muchas veces, y respondió:

—Cuando eran muy pequeños, usábamos esa misma cuerda para atarlos. En aquel tiempo, era suficiente. Los elefantitos tiraban y tiraban, intentando liberarse, pero no lo lograban: la cuerda era demasiado fuerte para ellos. Después de muchos intentos fallidos, dejaron de luchar. Aprendieron que no podían escapar.

El viajero observó al elefante que tenía delante: su piel gruesa, sus músculos firmes, su mirada serena.

—¿Y ahora? —preguntó—. ¿No saben que podrían romperla fácilmente?

El cuidador asintió despacio.

—No lo saben —dijo—. O, mejor dicho, no lo creen. Piensan que la cuerda sigue teniendo el mismo poder que antes. Nunca han vuelto a ponerla a prueba.

El viajero guardó silencio. Entendió entonces que lo que mantenía atado al elefante no era la cuerda, sino su mente.

Durante un largo rato se quedó observando al animal balancearse con suavidad, sin intentar avanzar más allá del límite de la cuerda. Había en su quietud algo triste y a la vez profundamente humano.

Entonces pensó en todas las veces en que las personas también se quedan quietas, convencidas de no poder, de no valer, de no tener fuerza. Recordó cuántas “cuerdas” invisibles nos sujetan todavía: palabras que escuchamos en la infancia, errores del pasado, miedos heredados, creencias que una vez nos protegieron pero que ahora nos impiden movernos.

El viajero comprendió que todos llevamos, en algún rincón de la mente, una cuerda que alguna vez fue real y hoy solo existe en la memoria.

Y supo que la verdadera libertad comienza el día en que nos atrevemos a tirar de esa cuerda, a probar de nuevo, a descubrir que ya no nos retiene.

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